“Quien me mató es Alfonso Provenzano”. No podés creerlo, tenés el nombre del asesino, pero no sabes quién es. Ponés el nombre en el buscador y ves te lleva a páginas de una oficina ubicada cerca del callejón en donde encontraste al hombre agonizando. Tomás tu bicicleta y vas camino a buscar a este hombre. Cuando pasás por el callejón, el cuerpo no está más. Alguien se lo llevó. Seguís rumbo a la oficina. Llegás a la puerta, y ves a empleados trabajando. Te quedás un instante espiando. Cuando decidís ingresar, un hombre se te para adelante. “A vos te estaba buscando”, te dice y te invita a pasar a la oficina. Le dice a la secretaria que te traiga un jugo de naranjas. Ella lo hace. “Servite, no tengas miedo. Sentite como en tu casa.”, te comenta y vos tomás un sorbo. “Te ví en el callejón. No te hagas problemas la policía ya se llevó el cuerpo. Vos no te metas”, te dice. Vos asentís con la cabeza, te terminás el jugo y le decís que se te hace tarde, que tenés que volver a tu casa. El te acompaña a la puerta y te dice “la traición siempre se paga. Ese hombre se metió en problemas, entonces lo invité a tomar un café. El café que lo mató”.
Vos estás en la vereda pasmado, pensando en ese hombre. El café estaba envenenado. Lo que más te aterra es saber que tomaste ese jugo. Ahora sentís un fuerte dolor de estómago.
Vos estás en la vereda pasmado, pensando en ese hombre. El café estaba envenenado. Lo que más te aterra es saber que tomaste ese jugo. Ahora sentís un fuerte dolor de estómago.