Pedís al portero del club que te ayude a sacarlo y al grito de “fuera”, el perro te mira, agacha la cabeza y se va. Te da lástima, pero no podés hacer nada. Te empezás a preparar para le partido, pero no podés dejar de pensar en el perro. Dejás todo y salís corriendo a buscarlo. Lo encontrás sentado en la puerta. Apenas te reconoce te empieza a saltar. Vas a buscar la bici y lo llevás para tu casa. Llegás y le decís a tu mamá que querés que sea tu mascota. Ella acepta y desde ese día “Tomy” está siempre a tu lado.